Desde el 16 de abril de 1971
55 años haciendo lo mismo, cada día mejor.
En un país donde casi todo cambió de dueño, de nombre o de rubro, La Ponderosa sigue en el mismo sitio, con el mismo oficio y el mismo apellido. Eso no es nostalgia: es el récord.
Un pueblo alto y frío, a media hora de Caracas
San Antonio de los Altos, capital del municipio Los Salias, es un pueblo de montaña. Se fundó en 1683 con el nombre de San Antonio de Medinaceli, y el que le quedó reúne las dos cosas que lo definen: su patrono y la altura.
Esa altura importa más de lo que parece para lo que aquí se hace. Los Altos Mirandinos tienen tierra fría, aire limpio y neblina casi todo el año — condiciones que un galpón de aves agradece y que en el calor del llano hay que fabricar con equipos. Y están a media hora de Caracas, la ciudad que se come esos pollos. Frío para criar, cerca para entregar.
Es un pueblo de gente que llegó de otra parte: primero españoles y portugueses, después italianos como los que fundaron esta casa. Comunidades acostumbradas a trabajar la tierra de una montaña que no regala nada, y a quedarse.
Tres familias y una montaña
La casa tiene fecha exacta: 16 de abril de 1971. Ese día quedó inscrita Granja Avícola La Ponderosa, C.A. en el Registro Mercantil de la Circunscripción Judicial del Distrito Federal y estado Miranda, bajo el N.º 101, Tomo 14-A.
La fundaron dos familias italianas: los Spinosi y los Moretti. En 1982 la casa renueva su directiva y entran los Valentini y los Randazzo junto a los Spinosi — la composición que sigue al frente hoy. La empresa no pasó de mano en mano ni cambió de dueño: cambió de generación dentro de las mismas familias.
En aquel documento fundacional ya está escrito a qué se dedicaría: «compra, venta, importación, exportación, cría, beneficio y comercialización de todo tipo de aves de corral». La palabra beneficio —el matadero propio— aparece desde el primer día. Hacer la cadena completa no fue una idea que llegó después: fue la idea.
La operación arrancó con 80 trabajadores y entre 12.000 y 15.000 pollos beneficiados al día: para la Venezuela de entonces, una empresa seria. Pero lo que la distinguía no era el tamaño, sino el método: alimento propio, cría propia, beneficio propio. Nada de comprar el ave hecha y ponerle un nombre encima.
Traían de Italia un oficio y una idea sencilla, la misma que sostiene la empresa hoy: si quieres responder por lo que vendes, tienes que hacerlo tú.
Cinco décadas sin cambiar de rumbo
La empresa atravesó cincuenta años de un país difícil sin vender el nombre, sin cambiar de rubro y sin dejar de hacer el trabajo completo. Muchos competidores de aquella época ya no existen; otros sobrevivieron comprándole el pollo a un tercero. La Ponderosa siguió criándolo.
Que las mismas familias sigan al frente no es un detalle sentimental: es la razón de que el criterio no se haya diluido. Quien responde por una bolsa de Ponderosa hoy lleva un apellido que lleva medio siglo en esta casa.
Hoy la conduce la segunda generación: los hijos de aquellos emigrantes, nacidos ya venezolanos, criados dentro de la planta. No heredaron una empresa que había que aprender desde afuera —heredaron un oficio que vieron hacer desde niños. Es la diferencia entre recibir un negocio y recibir un método.
Lo que Caracas reconoce
Hay una bolsa amarilla con un gallo rojo que el comprador venezolano identifica sin leer la marca. No es un diseño reciente: es el mismo dibujo —el amanecer sobre la montaña, las aves sobre la hierba, el nido— que la casa imprime desde hace décadas. Es una escena de campo porque describe algo literal: el campo es nuestro, las aves son nuestras, el amanecer es la hora a la que se beneficia.
Ese reconocimiento no se compró con publicidad. Se ganó entregando lo mismo, semana tras semana, durante 55 años.
Hoy
La casa opera la cadena completa —planta de alimento, reproductoras e incubadora, granjas de engorde y planta de beneficio— y está montando su línea de embutidos. La escala creció; el criterio es el mismo que trajeron tres familias italianas a una montaña fría en 1971.
El récord
No es la avícola más grande. Es la que no ha fallado.
En 55 años, el mercado de la Gran Caracas aprendió qué esperar de una bolsa de Ponderosa. Esa expectativa —constante, aburrida, sin sorpresas— es el activo más difícil de construir en esta industria, y el único que no se puede comprar.